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Tradicionalmente el dualismo ha ilustrado la división conceptual del mundo en categorías: el reconocimiento exacto —o cuando menos preciso— de una realidad referida a clasificaciones unívocas y diferenciadas. Sería ésta una tendencia natural más que un esfuerzo intelectual o consciente —tal y como precisaba Douglas R. Hofstadter (HOFSTADTER, Douglas R., Gödel, Escher, Bach, un eterno y grácil bucle, Barcelona: Tusquets, 1995)— que a pesar de su aparente componente racional se produciría muy por debajo de los estratos superiores del pensamiento:
“La esencia del dualismo se basa en el lenguaje y consiste fundamentalmente en palabras, meras palabras, sentidos articulados destinados a expresar una «idea». Ahora bien, el empleo de palabras es intrínsecamente dicotómico, ya que cada palabra tiende a representar una categoría de significados”.
Hoy, sin embargo, aquellas antiguas categorías sustantivas se enfrentan reiteradamente a las condiciones indisciplinadas de un tiempo de deslizamientos que proclama, en todas sus manifestaciones, la brutal (y excitante a un tiempo) disolución de aquellas viejas divisiones dicotómicas que, durante largos años, fueron paradigmas de nuestro bagaje ideológico y disciplinar: exteriorinterior, naturartificial, públicoprivado, ordencaos, determinadindeterminado, formalinformal, cotidianoextraordinario, domésticouniversal, particulargeneral, discontínuoconectado, abiertocerrado, etc. configuran voces simultáneas y, por tanto, acciones —y experiencias— mixtas: voces “duales” tan ambiguas como explícitas, nacidas de acouplamientos contranatura entre términos antaño contrapuestos y que, sin embargo, se funden, hoy, en operaciones mestizas —cuando no bastardas— que exacerban otro tipo de situaciones más fértiles creando nuevos —y más intrigantes— significados, pero también nuevos, y más “descodificados”, potenciales asociados a la capacidad de hibridación —y transfusión— del proyecto contemporáneo.
Son éstas fusiones de antiguas dicotomías que no pretenden construir composiciones desde la contradicción, ni tampoco extravagancias —sería ésta la opción venturiana, más cerca de la ironía estética que de la paradoja operativa— sino interacciones capaces de reconciliar —de hacer cohabitar— en un mismo dispositivo híbrido fenómenos mellizados —acouplados— más paradójicos cuanto más, aparentemente, imposibles.
