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Energía activa y propulsora.
Nuestro entorno define un espacio cambiante de movimientos excitados y acontecimientos enlazados caracterizados por la variación constante de los escenarios - y de las configuraciones - a ellos asociados.
Los de un tiempo mutable y fluctuante, en desarrollo, que traduce su propia naturaleza activa, animada e inquieta -pero que también extrema esa capacidad de cambio implícita en el propio potencial de la movilidad y del “intercambio”-.
Esa condición “dinámica” parece, pues, acordarse perfectamente -como bien señalaría Sanford Kwinter - a la ontología Bergsoniana y Deleuziana en las que movilidad y virtualidad jugarían un papel decisivo en la explicación del mundo y de las fuezas que lo constituyen: esa constante disposición intermedia entre lo “posible” y lo “real”, entre lo “virtual” y lo “actual”, como principios comunes a la naturaleza básica del “siendo” ( “being”), expresión fundamental de la movilidad, de la variación y de la fugacidad. Del cambio, es decir de lo dinámico.
Dicha faceta cambiante - “vacilatoria” - de nuestro entorno remite a una condición implicitamente inestable (virtual o real, a su vez ): la de unas estructuras en continuo estado transitorio ( en constante situación real o virtual de “reemplazo”, “transformación” o “fluctuación” en sus geometrías ) acorde con su propia naturaleza activa y variable y con los parámetros de mutabilidad y “transformación latente” a ella asociables.
